La historia contada por la familia
De un sueño nació un mundo imposible
Cuentan en la familia Linares que todo comenzó cuando don Pedro estuvo gravemente enfermo. Una úlcera lo llevó a la cama y, según recuerda la familia, incluso al coma. Entre sueños y delirios vio criaturas extraordinarias, seres que parecían reunir partes de distintos animales, figuras tan inquietantes como fascinantes, que gritaban una y otra vez una palabra desconocida: ¡alebrijes!
Su hijo Felipe recuerda la primera figura que hizo al recuperarse: «una cosa rara», con cara de chango, pintada con colores oscuros para que se viera tan fea como él la había visto. Con papel, cartón, engrudo y su imaginación, aquellas criaturas comenzaron a existir fuera de sus sueños. Con el tiempo fue consolidando lo que es un alebrije: una figura fantástica que reúne partes de varios animales distintos.
«Un burro con alas, pues no hay, pero se imagina uno que puede ser un alebrije.»
Pedro Linares López, en el documental de 1975
Aquí lo prohibido era prohibir
En el taller de los Linares el oficio no comenzó con lecciones ni instrucciones. Comenzó jugando. Los niños observaban a su padre y a su abuelo trabajar; tomaban papel periódico, preparaban engrudo e intentaban reproducir las figuras que veían aparecer entre sus manos. No había un método escrito: se aprendía mirando, intentando, equivocándose y volviendo a empezar.
«Aquí lo prohibido era prohibir.»
Leonardo Linares Vargas, testimonio en video (archivo familiar)
Aquella libertad fue también una forma de enseñanza. Cada generación descubrió, a su tiempo, cómo transformar materiales cotidianos en criaturas que no existían en ningún otro lugar.
El hijo que aprendió mirando
Felipe Linares Mendoza, hijo de don Pedro, cuenta que empezó a trabajar el papel hacia los diez años, viendo a su padre, y que para él «se me hacía un juego». Cuando los alebrijes llegaron al taller, decidió ponerles más cosas: cuernos, escamas, lo que se le ocurriera. Su primer alebrije fue una figura con cuerpo de armadillo, cabeza de gallo y una calavera montada encima.
«Yo veía lo que hacía mi papá y siempre trataba yo de hacerlo mejor.»
Felipe Linares Mendoza, testimonio en video (archivo familiar)
Con los años, recuerda, lo invitaron a dar un taller de cartonería en San Antonio, Texas, y después hizo demostraciones en Los Ángeles, Sacramento, San José y Finlandia. Su mayor satisfacción, dice, es haber dado a conocer el trabajo de la familia en lugares muy lejanos.
El oficio que se hereda con las manos
Felipe Linares Vargas recuerda las tardes después de la secundaria, cuando llegaba al taller y se sentaba junto a su padre. Entre conversaciones, papel y pintura, recibía pequeñas tareas: blanquear una figura, decorar una pieza, observar cómo se resolvía un detalle. Con los años esas tardes terminaron definiendo su camino. Aunque estudió una carrera en programación, descubrió que su lugar estaba en el taller.
«Me atrajo más estar aquí con mi papá porque aquí expresaba mi creatividad.»
Felipe Linares Vargas, testimonio en video (archivo familiar)
El conocimiento no se transmitía solamente con palabras. Estaba en la manera de mover la mano, en la paciencia para construir una figura y en el cuidado con que se aplicaba cada pincelada. Leonardo lo dice de su padre: de él aprendió «trabajo fino», y todavía se sorprende de la destreza con que pinta.
Una tradición que sigue imaginando
Los materiales esenciales permanecen: papel periódico, papel manila, papel de China, papel craft, engrudo, alambre o carrizo. En el taller de Leonardo, nada que no sea papel: ni unicel, ni plásticos, ni telas, ni ojos de vidrio. Pero las posibilidades siguen creciendo. En las manos de Felipe Linares Mendoza y de sus hijos, los alebrijes adquieren nuevas formas, movimientos, alturas, texturas y detalles. Cada pieza conserva el conocimiento de quienes estuvieron antes, pero también expresa la imaginación de quien la crea.
«Para hacer un alebrije pues no hay molde, no hay nada. Eso se va criando con papel, puro papel.»
Felipe Linares Mendoza, en el video «Soy creador mexicano» (archivo familiar)
No se trata de repetir exactamente las figuras del pasado. Se trata de mantener vivo el oficio, experimentar con sus posibilidades y encontrar nuevas maneras de dar vida a lo imposible. Porque en la familia Linares la tradición no es una forma que deba permanecer inmóvil: es un arte que sigue transformándose, generación tras generación.